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Compartir en Facebook Compartir en Twitter Compartir en LinkedINDurante siglos, la casquería fue la comida de quien no podía permitirse otra cosa. Callos, mollejas, riñones, sesos, lengua, hígado o zarajos eran el reverso del lomo y del solomillo: lo que quedaba tras el reparto de las piezas nobles. Hoy esos mismos productos aparecen en cartas de restaurantes con estrella y se pagan a precios que habrían escandalizado a quienes los cocinaban por necesidad. ¿Qué ha pasado?
Antes de la refrigeración y del supermercado, aprovechar el animal entero no era una filosofía: era supervivencia. Las vísceras se consumían frescas, porque se estropeaban rápido, y de ahí nacieron platos de enorme arraigo popular: los callos a la madrileña, las gallinejas y entresijos, los riñones al jerez, la tripa de las trattorie italianas, la andouillette francesa o las tripas de la cocina china y mexicana. Eran guisos largos, especiados y contundentes, pensados para transformar un ingrediente difícil en algo delicioso.
El cambio de imagen llegó de la mano de una idea: respetar al animal usándolo entero. El chef británico Fergus Henderson, con su restaurante St. John en Londres, popularizó a partir de los años noventa el enfoque nose to tail (de la nariz a la cola), y su influencia se extendió por todo el mundo. Otros cocineros recogieron el testigo, y la casquería dejó de ser un plato “de pobres” para convertirse en una declaración de principios: producto, técnica y honestidad.
- Técnica. Bien hecha, la casquería exige oficio: limpiezas minuciosas, cocciones largas o, al contrario, puntos exactos (una molleja crujiente por fuera y cremosa por dentro, un hígado apenas rosado). Ese dominio es lo que la eleva.
- Sabor y textura. Gelatinosa, untuosa, intensa. Ofrece sensaciones que los cortes magros no dan, y encaja con la búsqueda actual de sabores profundos y umami.
- Sostenibilidad y ética. En un momento de debate sobre el desperdicio alimentario y el impacto de la carne, aprovechar todo el animal resulta coherente y casi obligado.
- Escasez relativa. Muchas piezas ya no se encuentran con facilidad ni se piden tanto como antes. Lo menos habitual y mejor trabajado gana valor.
- Nostalgia con sofisticación. El comensal contemporáneo busca platos con memoria. Un callo reinterpretado conecta con el recuerdo familiar, pero con presentación y precisión de alta cocina.
Hoy conviven dos mundos. Por un lado, los bares y tabernas tradicionales, que mantienen el guiso de siempre con recetas heredadas. Por otro, restaurantes creativos que presentan una mollera de ternera, un tuétano asado, unos sesos en tempura o una lengua curada con técnicas y emplatados de vanguardia. Lejos de enfrentarse, se retroalimentan: la tradición aporta el sabor y el respeto; la alta cocina, la visibilidad y el prestigio.
Aún quedan reticencias, sobre todo entre las generaciones más jóvenes, que no crecieron con estos platos en casa. El rechazo suele ser más psicológico que gustativo: la “idea” de la víscera pesa más que su sabor real. Los cocineros lo saben y lo combaten con inteligencia: porciones pequeñas, presentaciones atractivas, acompañamientos amables y, sobre todo, mucha pedagogía en sala.
La casquería no se ha vuelto gourmet por moda pasajera, sino porque reúne lo que hoy valoramos: producto aprovechado, técnica, sabor con carácter y respeto por el origen. Su ascenso demuestra algo más amplio: que la frontera entre lo humilde y lo exquisito la marca la mirada con que se cocina y se come, no el ingrediente.
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